Un día como cualquier otro un trabajador de mantenimiento descubrió un cadáver en descomposición en el fondo de un tanque de agua potable del Hotel Cecil, en Los Ángeles. 

El hombre había decidido revisar el tanque luego de las reiteradas quejas de los clientes sobre el sabor desagradable del agua. El cuerpo era el de una joven turista canadiense de 21 años, Elisa Lam, que llevaba desaparecida 19 días.

Para el momento del hallazgo, los huéspedes del hotel se habían bañado, cepillado los dientes y tomado el agua sin tener idea de lo que pasaba. Los detectives lo calificaron de inmediato como un asesinato macabro a pesar de ciertas particularidades como que para sacar el cuerpo debieron abrir un agujero en el tanque (o sea que era físicamente imposible entrar) y que, a pesar de las medidas de seguridad de la terraza, con un acceso restringido y extremas medidas para evitar que ingresen los huéspedes, alguien (o ella misma) había entrado sin ser descubierto
En la grabación, se ve a Elisa apretando todos los botones del ascensor, después siguen movimientos erráticos y hasta una charla con alguien que nosotros, los mortales, no llegamos a ver. Se la nota con miedo, como si estuviera en una escena de terror, como si alguien la estuviera persiguiendo.
Lo llamativo es que Elisa no tenía antecedentes de trastornos psicológicos de ningún tipo y que, de acuerdo a los peritajes, no había consumido ninguna droga. Incluso el examen forense dictaminó que no se encontraron signos de violencia. Aunque, dijeron, no fue concluyente.

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¿Qué fue lo que pasó, entonces? ¿Un crimen perfecto? ¿Un ataque demoníaco? ¿La obra de una fuerza paranormal?